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CAOS & QUIEBRE

Del caos al quiebre, y del quiebre a nuevas preguntas.

CYQ / 001 · ¿Y si mis principios también pudieran estar equivocados?

¿Y si mis principios también pudieran estar equivocados?

Una reflexión sobre la integridad, la convicción y aquello que cambia cuando volvemos a examinar lo que creemos.

H. Ellinec

I. La certeza

Siempre he considerado que una de las cualidades más valiosas de una persona es vivir con principios.

Hay algo que admiro en quien sabe qué está dispuesto a defender, incluso cuando hacerlo tiene consecuencias que preferiría evitar. En quien no modifica sus convicciones simplemente porque las circunstancias dejan de favorecerle.

Para mí, los principios representan una forma de integridad. Un compromiso con aquello que consideramos correcto, incluso cuando nadie nos observa.

Y durante mucho tiempo he asociado esa integridad con la coherencia: actuar conforme a lo que creemos, sostener nuestras convicciones y no abandonarlas por conveniencia.

Pero hay una pregunta que comienza a incomodarme.

¿Qué sucede cuando aquello que defendemos con tanta convicción no necesariamente es correcto?

Porque ser fiel a un principio no garantiza que ese principio sea moralmente correcto.

Y, sin embargo, tampoco considero que una persona deje necesariamente de ser íntegra simplemente porque aquello en lo que cree está equivocado.

Alguien puede actuar con absoluta sinceridad, mantenerse fiel a sus convicciones y, aun así, provocar una injusticia.

Entonces, ¿estamos hablando de una persona íntegra que actúa incorrectamente?

¿O hay algo en nuestra comprensión de la integridad que todavía no hemos examinado?

II. El caos

Si mis principios nacen de mis experiencias, mi educación, mi entorno y las conclusiones que he construido a lo largo de mi vida, ¿qué me garantiza que sean correctos?

Otra persona puede haber desarrollado convicciones completamente distintas a partir de experiencias igualmente significativas.

Ambas podemos estar convencidas de tener razón.

Ambas podemos actuar de manera coherente.

Incluso podríamos considerar que estamos defendiendo lo justo.

Pero nuestra convicción no puede ser, por sí sola, la prueba de que tenemos razón.

Aquí comienza mi conflicto.

Porque defender mis principios me parece valioso. Pero defenderlos sin examinarlos podría llevarme a sostener ideas que nunca he puesto realmente a prueba.

Y cuestionarlos tampoco resulta tan sencillo como escuchar una opinión diferente.

Supongamos que alguien me presenta un argumento contrario a una convicción que he defendido durante años.

¿Por qué debería aceptar que esa persona tiene razón?

¿Qué hace que su argumento sea más válido que el mío?

¿Su experiencia? ¿Su conocimiento? ¿La claridad con la que se expresa? ¿Las consecuencias que señala?

Una explicación puede parecer convincente sin necesariamente ser correcta.

Y alguien puede tener razón incluso cuando no consigue explicarse de manera persuasiva.

Entonces, ¿cómo distingo entre una perspectiva que revela una debilidad en mi razonamiento y otra que simplemente intenta sustituir mis convicciones por las suyas?

Podría examinar sus argumentos utilizando mi propio criterio.

Pero ahí aparece otra dificultad.

¿Con qué criterio evalúo el criterio que utilizo para decidir si mis principios son correctos?

Si considero que algo es justo, probablemente lo examine desde mi propia comprensión de la justicia.

Si alguien cuestiona esa comprensión, necesitaré razones para determinar si debo reconsiderarla.

Pero esas razones también serán evaluadas a partir de ideas que ya considero válidas.

¿Estoy cuestionando realmente mis convicciones o estoy utilizando unas para proteger a las otras?

Y si permito que alguien más determine qué argumentos son suficientemente válidos para hacerme cambiar, ¿no estaría renunciando precisamente al criterio que intento desarrollar?

La contradicción

¿Cómo puedo defender firmemente mis principios sin convertir mi propio criterio en una autoridad incuestionable?

Y, al mismo tiempo, ¿cómo puedo mantenerme abierta a otras perspectivas sin terminar adoptando las convicciones de quien consiga persuadirme?

Quizás cuestionar no consista en aceptar que alguien más tiene razón.

Pero tampoco puede consistir únicamente en escuchar argumentos contrarios para después confirmar lo que ya pensaba.

Entonces, ¿qué significa cuestionarse de verdad?

III. El quiebre

Hasta aquí he estado examinando mis principios como si el cuestionamiento dependiera de encontrar algo que demostrara que están equivocados.

Como si necesitara una contradicción, una experiencia o un argumento externo que justificara volver a examinarlos.

Pero hay algo que esa interpretación deja fuera.

El tiempo.

Los principios que sostengo hoy no surgieron necesariamente bajo las mismas circunstancias en las que vivo ahora.

Algunos pudieron formarse cuando tenía menos experiencias, menos conocimientos o una comprensión distinta de las situaciones que intentaba interpretar.

Y aunque un principio haya sido razonable cuando lo adopté, ¿significa eso que debo comprenderlo exactamente de la misma manera durante toda mi vida?

Quizás no necesito descubrir que estaba equivocada para encontrar motivos para revisarlo.

Tal vez basta con reconocer que he cambiado.

Que mis experiencias me permiten observar aspectos que antes no distinguía.

Que una convicción puede continuar siendo importante para mí y, aun así, necesitar una interpretación diferente.

Pensemos en la honestidad.

Una persona podría haber entendido durante años que ser honesta significa decir siempre la verdad, sin excepciones.

Pero con el tiempo podría enfrentarse a situaciones en las que revelar determinada información perjudicaría injustificadamente a alguien.

Quizás entonces comience a distinguir entre actuar con honestidad y revelar absolutamente todo lo que sabe.

¿Ha abandonado su principio?

¿O ha desarrollado una comprensión más amplia de lo que significa ser honesta?

Y si ahora actúa de una manera que antes habría rechazado, ¿eso significa necesariamente que ha traicionado sus convicciones?

Aquí encuentro una posibilidad que cambia mi manera de interpretar el problema.

Tal vez ser fiel a mis principios no siempre significa conservar la manera en que los he entendido, sino permitir que mi comprensión de ellos evolucione conmigo.

Pero esto introduce una dificultad.

Si mis principios pueden evolucionar con el tiempo, ¿cómo distingo entre una transformación genuina y una modificación que simplemente me resulta conveniente?

Alguien podría justificar el abandono de una convicción diciendo que ha madurado.

Otra persona podría mantener una interpretación rígida argumentando que cambiar sería traicionarse.

Ambas podrían considerar que están actuando con integridad.

¿Quién determina cuál de las dos tiene razón?

Y quizás la pregunta sea todavía más incómoda:

¿Cómo sé que las razones con las que justifico mi propia evolución no son también una manera de protegerme de reconocer mis contradicciones?

IV. Lo que queda después

Empiezo a pensar que he estado buscando una relación demasiado simple entre los principios y la integridad.

Como si actuar con integridad significara necesariamente mantener intactas nuestras convicciones.

O como si descubrir que una de ellas podría estar equivocada nos obligara a abandonarla.

Pero no necesariamente tiene que ocurrir ninguna de las dos cosas.

Una persona puede actuar de manera coherente con sus principios y, aun así, sostener una convicción moralmente cuestionable.

También puede escuchar argumentos contrarios, examinarlos y encontrar razones para continuar defendiendo lo que cree.

Y puede descubrir, con el paso del tiempo, que aquello que antes consideraba correcto necesita ser comprendido de otra manera.

No sé si existe un criterio capaz de resolver todas estas situaciones.

Tampoco sé si siempre podremos distinguir con claridad entre una convicción que merece conservarse y otra que necesita transformarse.

Porque incluso cuando creemos estar examinando nuestros principios con suficiente apertura, seguimos utilizando nuestra propia comprensión para decidir qué argumentos aceptar.

Y esa comprensión también puede tener límites que todavía desconocemos.

Pero hay algo que esta reflexión me permite reconocer.

No necesito considerar equivocado un principio para encontrar razones para volver a examinarlo.

Puedo hacerlo porque han cambiado las circunstancias.

Porque he adquirido nuevos conocimientos.

Porque una experiencia me permite observar consecuencias que antes no había considerado.

O simplemente porque quiero comprender si aquello que sigo defendiendo conserva el significado que alguna vez tuvo para mí.

Eso no significa que deba cambiar cada vez que alguien cuestione mis convicciones.

Ni que mantenerlas represente necesariamente una resistencia a evolucionar.

Quizás el desafío esté en reconocer cuándo mi firmeza responde a razones que todavía considero válidas y cuándo se ha convertido en una forma de evitar preguntas que preferiría no enfrentar.

Aunque incluso esa distinción podría merecer otro cuestionamiento.

Mi postura, por ahora

Sigo considerando valioso vivir conforme a principios.

Y no creo que una persona pierda necesariamente su integridad por sostener una convicción moralmente equivocada, especialmente cuando no dispone de los conocimientos o las herramientas para reconocerlo.

Pero también considero que mis principios merecen ser examinados, incluso cuando todavía no he encontrado razones para pensar que están equivocados.

No porque deba desconfiar permanentemente de ellos, sino porque mi comprensión puede cambiar.

Los principios pueden tener la firmeza suficiente para orientar mis decisiones sin exigir que permanezca inmóvil la manera en que los comprendo.

Puedo defender una convicción y continuar indagando sobre ella.

Puedo escuchar una perspectiva contraria sin asumir que es correcta.

Y puedo reconsiderar un principio sin concluir automáticamente que todo lo que defendí antes carecía de valor.

No necesito que mis ideas sean definitivas para defenderlas, ni que estén equivocadas para volver a cuestionarlas.

Sin embargo, todavía hay algo que no consigo resolver.

Si soy yo quien decide cuándo mis principios necesitan cambiar, ¿cómo puedo estar segura de que estoy evolucionando y no simplemente encontrando nuevas razones para justificar lo que me conviene?

Las grietas que permanecen

Comencé preguntándome si mis principios también podían estar equivocados.

Pero al intentar responder, descubrí que la dificultad no estaba únicamente en reconocer esa posibilidad.

También estaba en determinar cómo podría darme cuenta.

Si alguien cuestiona mis convicciones, ¿cómo sé que sus argumentos son correctos?

Si mis principios pueden evolucionar conmigo, ¿cómo distingo entre madurar y justificar lo que me conviene?

Y si una persona puede actuar con integridad mientras sostiene un principio equivocado, ¿hasta qué punto es responsable de aquello que nunca ha sido capaz de cuestionar?

No tengo respuestas definitivas para estas preguntas.

Pero empiezo a reconocer que ninguna existe completamente aislada de las otras.

Quizás cuestionar un principio no signifique encontrar una única respuesta, sino descubrir cuántas preguntas permanecían ocultas detrás de aquello que consideraba una certeza.

La grieta que sigue

¿Somos responsables de aquello que no somos capaces de cuestionar?

CYQ / 001
H. Ellinec

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